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CÓMO ACABAR DE UNA VEZ POR TODAS CON EL JUICIO DE DIOS EN EL CINE (sobre El libro de los jueces” de Matias Scarvaci). Por Luis Franc

A lo largo de su historia, el cine se ocupó de jerarquizar, en sus formas tradicionales, los puntos de vista de la burguesía; sector tan mutable en el tiempo como recurrente en su protagonismo, confirmando y reconfirmando su moral media. Un problema que se dimensiona más aún en las historias sobre marginalidad. Por más que no aparezca ningún representante de aquella burguesía en cuadro en toda la película, la pregunta que podría surgir es ¿dónde se escondieron? La respuesta parece abstracta pero no lo es: tras la cámara, dirigiendo. Son sus recortes.

Se podría esgrimir que cualquiera puede manipular la cámara, y que el gesto de pensarse a sí mismo -su statu quo- no necesariamente se pone en evidencia. Ante esto la respuesta no puede ser sino afirmativa. Pero como posibilidad. Sin haber visto todo el cine del mundo desde 1895 hasta la fecha (absolutamente nadie completó esta tarea), afirmo que, cuando ocurre, son excepciones. Cines como el de César González – villero empuñando la cámara, ofreciendo otra percepción del mundo – o el de Raúl Perrone – cámara de las periferias marginales, de los arrojados al mundo, de quien patea (no camina, patea) la calle y acompaña el entorno cotidianamente; no viene por un tiempo a filmar y se va – ponen en evidencia uno de los problemas más profundos de aquel cine de la tradición: el de la representación. Más específicamente: el de la pretensión de representar a quienes jamás pidieron ser representados.

Y así como nadie pidió ser representado por tales sectores, tampoco por la figura protagónica del monoteísmo más dominante de la Tierra. Sin embargo, el deber ser alguien o algo lo delimita.  De este modo se va construyendo una cultura de la mirada más clásica, de un lado de la pantalla hacia el otro, el mundo espectatorial. Y cuando las películas están exentas de esta bajada suele producirse una suerte de abstinencia de una buena parte del llamado gran público.

Aquella figura de Dios – expresamente, elípticamente o metafóricamente presente – encuentra su justo representante en el cine: el Poder Judicial. Aparato que, del modo en que se presente, directamente proporcional al protagonismo de la burguesía, casi siempre aparece inmaculado en su estructura. La trampa se encuentra recurrentemente al presentar cuando este se corrompe, al referirlo desde las manchas en el sistema, manchas que salen. O sea, el problema no sería dicho sistema sino lo que hacen con él. Hasta el hartazgo se presenta a los jueces desde contrapicados que jerarquizan sus figuras, a los juzgados grandilocuentes, a los estrados como enormes colosos, con el efecto perceptivo en función de presentar a La Autoridad.

No se trata de demonizaciones innecesarias e injustas, sino de pensar dónde se posicionan las cámaras y qué aporta cada cuál desde su lugar. Porque ese emplazamiento burgués – mucho más del cuerpo que racional -, independientemente de la clase social a la que se pertenezca, es también el de gran parte del público: a través del tiempo se fue cimentando ese hábito generalizado mediante el consumo de tales formas de la imagen. Menudo problema se les presenta a los casos de borde, como los mencionados. Hoy por hoy, esa mirada extendida podría asistir a una película sobre universos de los márgenes, pero ni pasarían por la puerta de una proyección de González o Perrone. Todas las películas son para todos, pero no todos se autorizan a percepciones fuera de la comodidad.

Sin embargo, es bien atendible una inquietud social que le preocupe a cualquiera, y acto seguido lo convierta en cine. Un problema lo atraviesa, aunque quizá no pertenezca al mundo de ese problema. Sobre todo si dicha inquietud es recurrente en su obra.

Es el caso de Matías Scarvaci, con su valioso documental El libro de los jueces. Como ya lo había hecho con Los cuerpos dóciles (película que abordé en su momento) aquí regresa a la temática – preocupación – sobre los institutos de encierro penal y los problemas de su mayoría poblacional: el mundo de la pobreza. Aspecto que suele desembocar en la mirada reaccionaria que vincula pobreza con delincuencia, y que Scarvati no confirma.

Me interesa pensar El libro de los jueces como puente que une espectadores que (siempre pensando que por el momento) no aceptarían otras cámaras que no sean las de la representación, por un lado, con rostros de presos que se presentan para la cámara, por otro. Rostros, historias duras, empobrecidos por el maldito sistema, quienes a través de actos desesperados arriesgan sus cuerpos en ejecución de actos que la Ley denomina delictivos.

Perrone y González – con sus diferencias formales – confluyen en una ética de base: sus trabajos están ex profeso exentos de bajada de línea moral. Esto desplaza la habitual confirmación del lugar tranquilizador. La cámara de Scarvaci se encuentra fuera de aquellas, aunque felizmente no termina de confirmar la tradición: frena a tiempo. Aún tratándose de una mirada desde el abogado que es, con dos representantes del Poder Judicial como protagonistas y mencionados en créditos no solo con nombre y apellido sino hasta precedidos de sus títulos. De este modo, seguimos el itinerario de dos jueces de instrucción penal: el Dr. Alejandro Saettone y el Dr. Alejandro David, tal aparecen sobreimpresos en los créditos al final.

Si partimos de la premisa “a cada cuál su cámara”, nos subimos al viaje de una cámara empuñada desde ese Poder. Ellos dos visitan a los presos, recorren los espacios y delimitan el itinerario de nuestra mirada a partir de sus puntos de vista. Y desde la cámara del director/abogado, quien integra la documentalización con aspectos de puesta en escena, como el momento de un preso en diálogo íntimo con su pareja.

La película abre con Saettone en auto llegando al penal con la cámara dentro del vehículo, dejando ver el costado izquierdo de la ruta que da a una villa extendida a través del camino. Punto de vista instituido de entrada y contexto retratado.  ¿Qué mirada le asigna el director a la población carcelaria? Elige unos pocos casos de procesos penales, por medio de los que entramos a una pequeñísima muestra de las historias, pero no tan pequeña como para no haber obtenido un fuerte panorama de las duras vidas en el afuera de la vida en libertad y el adentro de la cotidianeidad de las celdas, a sabiendas de que se trata de quienes aceptaron salir en la película y por lo tanto sus diálogos transcurren siendo ellos conscientes de la presencia de la cámara. Con esto y todo, la lente los aborda, los visibiliza, y nos ofrece una idea sutil del paso del tiempo en la celda, nos vincula con sus problemáticas. Pero, hay que decirlo, no les otorga el punto de vista. En cambio, sin cruzar el peligroso límite hacia la exposición antropológica, Scarvaci -aunque pareciese amagar con hacerlo – pega el volantazo necesario e invierte la tradición desde un hábil planteo formal que tiene que ver con qué se exhibe y desde donde. Porque su recorte nos conduce a familiarizarnos todo el tiempo con víctimas del sistema privados de su libertad. Pero aparecen dos entrevistas – una de cada juez – con víctimas del afuera, a manos de los de adentro. Y ese es un punto álgido, el mejor dulce para un noticiario sensacionalista o apologistas del gatillo fácil. Scarvati lo resuelve brillantemente: tanto a una mujer que sufrió violencia de género como al hermano de un asesinado por un recluso, los exhibe casi de nuca negando al espectador sus subjetividades. El comienzo del tajo está ahí: exponer el dolor de ella y el pedido desesperado de ambos para que no les otorguen el beneficio de salidas transitorias, pero evitando la identificación.

La profundización de ese tajo se encuentra en los remates de estas historias: ambos reclusos logran el beneficio. A quien ejerció violencia familiar en el pasado lo vemos salir acompañado de su familia. Pero el momento bisagra de toda la película sin duda es el juicio a aquel que mató a un vecino en ocasión de un robo. La cámara jerarquiza su rostro en estado de angustia por la no otorgación del beneficio. El punto de giro lo propone la madre del muerto, quien pidió estar presente en la audiencia. Desde su primer plano, algo velado por el uso de barbijo, dice: “Para que pueda compartir con su familia, para que pueda estar con sus hijos, yo le daría la oportunidad porque sé lo que es. Y esta decisión la hablé con él. Estuve con él, lo amo un montón a él y a sus hermanos”. Un abrazo entre ambos clausura un momento que echa por la borda el pedido del propio hijo en sentido opuesto, quien había deslizado la posibilidad de que su sobrino, hijo del muerto, ejerciera venganza por mano propia. Ese abrazo no es ni más ni menos que la madre abrazándose con el hijo. Una realidad que, por serlo, supera al cuento El rescate de Daniel Moyano o a El hijo de Jean Pierre y Luc Dardenne.

Donde sí se hace presente la moral clásica es en otra característica que nuclea los casos: el arrepentimiento de los reclusos. Y tratándose de una película pensada desde el punto de vista judicial, se visibiliza qué hicieron los presos para estar presos. En este punto, se dimensiona moralmente el entramado: el vector es la Ley, una ley que se piensa a sí misma como extensión de aquella Otra. Hombres investidos de Autoridad para decidir sobre los demás. De Dios al Poder Judicial, y de ahí a la tradición del cine, en donde con sus aportes, discutiendo temáticamente desde dentro, El libro de los jueces entra. Contrariamente, las cámaras desde dentro del barrio o de la villa promueven otro hábito, en gran medida, porque ese eje se desplaza.

Mientras en Argentina seguimos pensando cómo depurar un Poder Judicial corrompido en sus puestos claves empezando por la Corte Suprema, seguimos pensando cómo repensar la representación de dicho poder en el cine, seguimos pensando cómo erradicar todo componente moral de la pantalla, propuestas como las de Matías Scarvaci se presentan necesarias para, gradualmente, comenzar a suscitar la pregunta. Un puente más que útil en tanto propone en su propio seno la contienda entre una moral reconfirmada, herencia de cierta historia del cine, y la hiancia de una ética que puede surgir inesperadamente. Por ejemplo desde la madre de un asesinado que comprende que el asesino es otra víctima.

El libro de los jueces (Argentina 2023). Guion y Dirección: Matías Scarvaci. Producción: Ignacio Rey, Rocío Gort y Matías Scarvaci. Director de Fotografía:  Armin Marchesini Weimuler. Música: Estudio Pomeranec. Director de Sonido: Estudio Pomenarec. Montaje: Eduardo López López. Elenco principal: Dr. Walter Saettone / Dr. Alejandro David. Duración: 88 minutos.
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